El joyero Daniel Taboada (46) y el escultor Alejandro Benarós (41) encontraron un nicho inexplotado hasta el momento. Y muy rentable, además: la orfebrería náutica. Los dos estudiaron en la fundación Raggio; Taboada joyería y Benarós escultura. Después se perfeccionaron con el maestro Antonio Pujía. Mientras tanto, uno trabajaba como joyero y el otro restaurando antigüedades.
En 1993 Benarós estudia en el taller de la gran escultora Argentina Mónica Chames, quien lo promueve a "crear objetos de arte".
"Yo siempre navegué y en 1997 hice el curso de piloto de yate en la Prefectura. Cuando mis compañeros vieron mis trabajos, me encargaron un pin de solapa en plata para los graduados. Así nació la idea de hacer joyería y esculturas con motivos náuticos", cuenta Benarós.
Pero el uno a uno no les permitió despegar (o levar anclas, habría que decir). "Era imposible competir con la joyería importada", dicen. Así que cada uno siguió con sus ocupaciones aunque en sus ratos libres hacían diseños náuticos. En 2000 "ya teníamos cincuenta originales".
Hasta que llegó 2002, los cacerolazos, la devaluación y ahí sí. "Había llegado el momento de soltar amarras", dice Benarós en lenguaje náutico.
Para empezar publicaron avisos en revistas especializadas. Allí ofrecían joyas y esculturas náuticas, con la idea de que fueran para uso personal.
"En el primer llamado telefónico nos pidieron los trofeos para un club. Nada que ver con lo que ofrecíamos ni el público al que apuntábamos. Teníamos que cambiar antes de haber empezado", recuerda Taboada.
Pero fue el mismo cliente el que les dio la clave: "Mi mujer está cansada de tantas copitas, todas iguales. Ni yo sé en qué competencia me gané cada una", les dijo. "Ahí comprendimos que nuestro desafío era diferenciarnos".
En ese momento nacía Orfebrería Náutica,
su empresa.
Así tuvieron claro el objetivo: debían transformar un trofeo aburrido en un objeto de decoración y, además, personalizado para cada competencia.
Entonces hicieron diseños con faros, gaviotas, barcos de regatas que permitan que el dueño, al verlos en la repisa de su casa, reviva los momentos que lo llevaron a ganar el premio.
Hoy, además de los trofeos también ofrecen joyas, medallas y esculturas.
El target principal es la gente de la náutica, un sector con muy buen poder adquisitivo y con mucho por explotar. "Todos los fines de semana todos los clubes organizan competencias, eso implica que hay gran consumo".
Los precios de los trofeos varían entre los 20 y los 120 pesos, las joyas en plata arrancan en los $ 25 y las esculturas, en los 80.
Pero no se limitan a la náutica. El agua se convirtió en un medio transmisor de clientes, gracias a los contactos que hacen. Uno de ellos es el laboratorio Boehringer Ingelheim. Todos los años Taboada y Benarós les hacen las medallas para los empleados que se jubilan.
Entre ola y ola surgió otro trabajo inesperado. Benarós participó en la campaña Camel Art Collector, que incluía al camello de la marca de cigarrillos representado por artistas consagrados. "A mí me pidieron que hiciera el camello según Botero. Hice una escultura de tres metros y medio de alto", cuenta.
Y la cosa no termina ahí. También hacen mascarones de proa para embarcaciones antiguas.
Gran parte del trabajo les llega a través de los navegantes, sí, pero de los otros. Esos que surfean en la Web. A través de la página "recibimos muchísimos pedidos; tantos que estamos al borde de no poder tomar más", aseguran.
"El taller está en casa y trabajamos todo el día. Tenemos la cabeza a todo vapor", dicen, sin abandonar las alegorías náuticas.
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